Pese a tener un nombre poco sexy, el concepto es bastante sencillo. El tracking error mide el riesgo activo que un gestor o cartera está asumiendo respecto su índice de referencia. De este modo, alguien que por ejemplo decida comprar las 35 acciones del Ibex 35, incluso copiando su peso, tendrá ciertamente un resultado muy parecido al del Ibex 35 y estaría asumiendo un riesgo relativo, o tracking error, nulo (o muy bajo). En cambio, alguien que se compare con el mismo índice, pero decida no comprar Inditex, Santanter, BBVA, Telefónica ni Repsol, pues estará asumiendo un riesgo relativo alto, pues puede distanciarse del índice, para mal o para bien, en mayor medida.

Comportamiento de una cartera que no haya invertido en las cinco:

El objetivo de hoy no es entrar en mayor detalle en el cálculo sino hacer una reflexión sobre su creciente importancia en la industria de la gestión de activos, y las repercusiones para los ahorradores que depositan su confianza en ella.

¿Es el tracking realmente un riesgo? Podemos quizás entender que sí, pero mucho más para quien gestiona y/o comercializa el producto final, que no para el cliente final.

La industria de la gestión de activos vive obsesionada con la medida del tracking error (y variantes). A los grandes bancos y gestoras les importa más si están superando o no a su índice de referencia, que no si el cliente gana realmente dinero, y piensan más en conservar el patrimonio gestionado que en añadir valor para el cliente. Pensando sobre ello, se me ocurren tres posibles causas:

  1. Origen en las presiones competitivas a corto plazo. Que un competidor lo haga mejor o peor un año concreto no indica nada, pero puede generar presión y nervios. Si todos los competidores tienen lo mismo, pues fin al problema.
  2. El miedo al despido o riesgo carrera. Posiblemente sea una variante del punto anterior, pero desde una perspectiva diferente. El gestor que toma la decisión normalmente sabe lo difícil que es superar a los índices de referencia, y lo peor que, si lo hace, en la gran mayoría de los casos puede recibir un reconocimiento escaso. ¿Para qué correr el riesgo a perder el puesto de trabajo si no existe una recompensa proporcional?
  3. Un potencial asimétrico. Un participante pequeño de la industria tiene normalmente más a ganar que a perder, y lo contrario ocurre para los grandes. Cuando ya se tiene un gran tamaño, en una industria madura como esta, los participantes se preocupan mucho más por no perder su trozo de pastel que por arriesgarse a ganar (¡o perder!) lo que no tienen.

Por si las dinámicas anteriores no fueran suficientes, tenemos que pararnos a analizar la composición de los índices, referencia sobre la que se cementan estas estrategias. En la mayoría de los casos existe una diversificación adecuada, pero dado que la mayoría de los índices se ponderan en función de la capitalización (las compañías más grandes, pesan más), no están exentos de sesgos.

¿Tiene sentido fijar como referencia a un índice que da más peso a los países que han emitido más deuda que a los países que han hecho una mejor gestión de sus cuentas (índices de renta fija)? ¿Tiene sentido que un índice global de renta variable tenga hoy en día aproximadamente un 60% en Estados Unidos cuando las métricas de valoración indican prudencia?

Sobre este último punto podemos mirar atrás: en 1989 Japón suponía más del 40% del índice MSCI World. ¿No les parece una locura que hubiese gente que incrementara su peso en esta región simplemente porque su índice de referencia se lo sugería? ¿No sería mejor seguir un proceso realmente agnóstico que se pueda beneficiar de los errores en la formación de precios en lugar de ser partícipe de ellos?

 

 

 

 

 

 

 

Entiendo que cuando se selecciona a un índice de referencia como punto de partida se hace con la intención de empezar de forma agnóstica. Creemos que normalmente no es el caso. El índice tiene sesgos que deben ser estudiados y, sin la libertad de gestión suficiente, poco se podrá hacer. Los flujos masivos recientes hacia productos de gestión pasiva puede que en algún momento descubran que su inversión, al fin y al cabo, no era tan pasiva como se creía.